Ocho de la noche del 15 de Mayo. Nerviosos por si los alemanes también son eso, alemanes, para la hora de inicio de los conciertos, llegamos a la estación de U-Bahn de Zitadelle a una hora de trayecto desde la Alexander Platz.

El lugar: la Zitadelle Spandau, una fortaleza del renacimiento con un nombre que recuerda la famosa prisión ya derruida, así como al grupo de synthpop británico con los mejores pelazos del momento. Tras ser cacheados y dirigidos entre vallas metálicas, como si de la entrada al Primavera Sound se tratase, entramos en el patio de armas de la Ciudadela donde un ambiente muy alemán a base de cerveza, rostbratwurst y chupas de cuero en algunos casos hasta los tobillos, hacía que aquello, más que un concierto, pareciese una pradera de San Isidro Prusiana.

La media de edad de los presentes era alta lo que indicaba no sólo la larga trayectoria de Reznor, que posibilitaba que allí hubiese fans suyos que escuchaban el Pretty Hate Machine en 1989 siendo unos simples veinteañeros de alguna de las dos alemanias, sino la gran diferencia entre un país como Alemania y un país como España en la tipología de personas que forman la banda de edad que va de los 45 a los 60 años de edad. A la mayoría de los que tenían edad para ser nuestros padres se les adivinaba un pasado más alternativo que el de los reales, ya hubiera estado este dentro del Hardcore ochentero, del Heavy temprano o del Hippismo tardío.

A las 8:30 más o menos, con una reconfortante dejadez en el cumplimiento de horarios, daba comienzo el concierto de Nine Inch Nails. El line-up actual, aparte de Reznor: Robin Finck, Alessandro Cortini e Ilan Rubin. La cosa empezaba con un regusto a nostalgia de tiempos pasados y, al contrario que para muchos de los que me rodeaban, no por nada relacionado con Spandau.

Después de haberle visto ya en 3 ocasiones distintas, dos en 2007 -en días consecutivos- y una en 2009, las tres en la Sala La Riviera, las expectativas eran altas. ¿Iba a ser, como todo el mundo presentía, el mejor concierto de NIN de la historia?. ¿Se recordaría para la posteridad como uno de los mejores conciertos que el mundo habría escuchado jamas?. Eran preguntas que flotaban en el aire cuando comenzaron a sonar las primeras notas, por no decir los primeros ruidos disonantes, de “Me, I’m Not”….

En general mucho Hesitation Marks, bastante Year Zero y algunas concesiones a clásicos de The Downward Spiral y Pretty Hate Machine. The Fragile, curiosamente apartado, como With Teeth, excepto por la lánguida The Day The World Went Away.

El público empezó frío, ayudado por los 10 grados que hacía en Berlín en ese momento, animándose un poco con March of The Pigs y volviendo a un estado de semi-hibernación hasta que llegó Copy of A, el tema más pegadizo del último disco de Reznor, el cual, después, hizo una concesión a su labor como compositor de bandas sonoras, Hand Covers Bruise, compuesta con Atticus Ross para La Red Social.

Pero, cuando todo parecía indicar que aquello iba a acabar así, como un concierto triste, un mero espectáculo de luces, algo que no estaba llegando al corazón de los que estábamos allí y que nos estaba dejando más fríos que un sauerkraut del día anterior, es cuando Reznor se sacó de la manga una serie de temas que se convirtieron en una inesperada traca final que consiguió sacar a los tedescos de su inactividad, haciendo que disfrutaran y se frotasen como Merkel en un congreso sobre la austeridad. The Hand That Feeds, Head Like a Hole y, en un inesperado bis por el que yo no daba un duro (“Este tio nunca hace Bises” decía yo mientras miraba por encima del hombro con suficiencia a los que me rodeaban), Closer, la ya mencionada The Day the World Went Away y Hurt, como manso cierre de esos últimos 25 minutos de caña. No obstante, a pesar de ese final, se echaron de menos canciones como Starfuckers Inc. o No You Don’t de The Fragile, Every Day is Exactly The Same de With Teeth, Piggy…

El caso es que, en conclusión y a pesar del digno final y de que me gustaría poder decir lo contrario (Dios sabe que me gustaría…), Reznor no superó la impresión que me causó verle en La Riviera (y mira que la sala es mala), poderoso entre cuatro paredes, acompañado de Twiggy Ramirez, Josh “The Vandal” Freese y Aaron “Mad Mutherfucker” North, tocando Hurt solo al piano, haciendo llorar a todo el personal y dejando claro sin un Bis tras dos horas de música sin tregua que es The Fucking Master. Esos, Paquito, fueron los dos mejores conciertos de la historia del Rock. Que te quede bien claro.

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